En esta entrevista, la escritora Rocío de Juan profundiza en las claves de su antología La coleccionista de nombres y otras historias, una obra donde la normalidad doméstica convive de forma magistral con lo perturbador.
Influenciada por las maestras del género insólito, la autora explica cómo utiliza los sentidos —el aroma de la trementina o el tacto de una superficie— como puertas de entrada a la memoria y la emoción del lector. A lo largo de la charla, la autora reflexiona sobre la evolución de su oficio, destacando la importancia de la identidad, la precisión técnica y la capacidad del cuento para condensar, como si de una fotografía se tratase, los instantes decisivos que marcan una vida entera.
En los agradecimientos mencionas que el germen del libro está en el proyecto «Cafetera de letras». ¿Cómo influyó la retroalimentación y corrección colectiva de este grupo en la cohesión final de una antología con relatos tan diversos?
Siempre he defendido el papel de los talleres de escritura, porque la fuerza de un grupo que comparte sus escritos es muy grande y eso es lo que sucedió con Cafetera de Letras. Teníamos una coordinadora excepcional, que sabía poner orden y estructura, y después hubo implicación entre los presentes. Personalmente, sin el recurso de los plazos, el apoyo de los compañeros y compañeras, la paciencia de Grisel y todas las opiniones que recibí, nunca hubiera existido aquella primera versión (incluso corregida) de este libro. Fue una experiencia que recomiendo.
Cuando decidí que este libro fuera de ficción realista tuve que encontrar el mecanismo para explorar ese ángulo perturbador y lo hallé gracias a la lectura de estas autoras
El prólogo destaca que en tu obra «lo doméstico convive con lo perturbador». ¿Cómo trabajas ese equilibrio para que situaciones cotidianas, como un estudio de pintura o una reunión de amigas, deriven en elementos inquietantes como la presencia de moscas y sangre o deseos de desaparición?
Desde hace varios años leo y enseño en mis talleres de escritura a autoras que cultivan un género llamado insólito, donde la línea entre lo real y lo fantástico se desdibuja, dando lugar a relatos perturbadores pero muy psicológicos, que me encantan. Hablo de Cristina Fernández Cubas, Cecilia Eudave, Mariana Enríquez, Guadalupe Nettel o, quizás el mejor ejemplo, Samanta Schweblin.
Cuando decidí que este libro fuera de ficción realista, a diferencia de los dos anteriores, tuve que encontrar el mecanismo para explorar ese ángulo perturbador y lo hallé gracias a la lectura de estas autoras (y de otras tantas). El lector o lectora entra en una escena familiar y, poco a poco, descubre que algo no encaja. Es lo inquietante que nace de lo cotidiano; la grieta en la pared en la que nadie se fija hasta que alguien apunta hacia ella.
En el libro se dice que escribes «para todos los sentidos», mencionando olores como la trementina, la canela o el cardamomo. ¿Qué importancia le otorgas a la atmósfera olfativa y táctil para anclar al lector en escenarios tan distintos como La Habana, Suecia o una cafetería art decó?
Los sentidos son una puerta de entrada a la memoria y a la emoción. Un olor puede transportarnos con mucha más fuerza que una descripción visual. Los aromas que mencionas ayudan a construir el mundo emocional del personaje. Cuando un lector o lectora puede oler un lugar, tocarlo o sentir su temperatura, deja de observar la historia desde fuera y empieza a habitarla.
El título del libro y el relato principal sugieren una fascinación por la búsqueda de nombres exóticos (Xiomara, Sac-Nicté, Odeth). ¿Consideras que otorgar un nombre específico es, como sugiere Rosario Raro, una forma de «convertir a las personas en eternas» o de ejercer un tipo de control sobre la identidad?
Creo que los nombres forman parte de nuestra identidad, pero también de la mirada de quienes nos rodean. ¿Hasta qué punto un nombre puede condicionar la imagen que proyectamos o la forma en que nos recuerdan? En La coleccionista de nombres, la protagonista busca nombres porque, en realidad, está intentando comprender a las personas que hay detrás de ellos.
La identidad es uno de los grandes temas que atraviesan el libro. Mis personajes se preguntan quiénes son, quiénes fueron y quiénes podrían haber sido si determinadas circunstancias hubieran sido diferentes. Por eso elegí La coleccionista de nombres como título para toda la colección. Aunque hace referencia a uno de los relatos, también resume esa búsqueda de identidad que está presente, de una forma u otra, en casi todos los cuentos. Como escritora, me interesa explorar cómo construimos nuestra propia historia y cómo, a veces, un simple nombre puede contener mucho más de lo que imaginamos.
En relatos como «Todo bajo control» (amputación) y «La coleccionista de nombres» (Parkinson y Asperger), abordas condiciones físicas y neurológicas complejas. ¿Cuál fue tu proceso de investigación para tratar estas realidades con la sensibilidad y precisión técnica que muestran los textos?
La documentación es una parte esencial de mi proceso de escritura, sobre todo cuando abordo realidades que requieren un tratamiento respetuoso y preciso. En estos relatos recurrí a bibliografía y a fuentes especializadas en Internet para comprender mejor las distintas patologías, sus síntomas y cómo afectan a la vida cotidiana de quienes las padecen. Además, en algunos de estos casos, contaba con una experiencia personal cercana. La información es imprescindible para construir la verosimilitud, pero es la experiencia la que aporta la emoción.



La obra viaja por México, Cuba, Suecia, Santorini y España. ¿Son estos escenarios meros decorados o intentas que la idiosincrasia de cada lugar (como el concepto del tiempo en México o la luz de La Habana) condicione la psicología de tus personajes?
Cuando elijo un escenario intento que no sea un simple decorado, sino un elemento narrativo con peso propio. Por ejemplo, la luminosidad casi excesiva de La Habana transmite una vitalidad que convive con la decadencia ; el silencio y el orden de Suecia invitan a la introspección; México tiene una relación muy particular con la muerte, la memoria y el paso del tiempo, aspectos que me interesaba incorporar a los relatos ; y Santorini, con esa belleza casi irreal, se convierte en el escenario perfecto para hablar de lo que parece perfecto por fuera mientras oculta grietas en su interior.
En ese sentido, los escenarios son un personaje más. No solo enmarcan la acción, sino que dialogan con los conflictos de los protagonistas y reflejan su mundo interior y, en ocasiones, llegan incluso a determinar el rumbo de la historia. Cuando un lector o lectora recuerda un cuento, me gusta pensar que también se acuerda del lugar en el que ocurrió, porque ambos forman ya una misma memoria.

«Cuando uno convive durante meses con un texto, termina por dejar de verlo con la distancia necesaria. Los lectores beta te devuelven esa primera mirada que el autor ya ha perdido».
Muchos de tus relatos exploran la «verdad del otro» y las heridas del pasado (como en «Abandono» o «Antes del incendio»). ¿Crees que el cuento es el formato ideal para desvelar esas cápsulas de momentos insólitos que definen una vida?
Creo que un cuento es como una fotografía tomada en el instante exacto. No necesita contarlo todo; basta con iluminar un momento decisivo para que el lector o la lectora intuya todo lo que ocurrió antes y todo lo que sucederá después. El cuento exige precisión y una gran confianza en la inteligencia de quien lee. Esa intensidad y esa capacidad de sugerir más de lo que muestra son lo que más me atrae del género.
Por otra parte, el cuento reproduce muy bien la forma en que recordamos nuestra propia vida. No la almacenamos como una novela continua, sino como una sucesión de escenas, de instantes que, por alguna razón, nos cambiaron para siempre. Mis relatos se detienen en esos momentos de inflexión: una conversación, una decisión en apariencia insignificante, un descubrimiento o una pérdida, por los que se asoma toda una existencia. Creo que ahí reside la fuerza del cuento: en su capacidad para condensar una vida entera en apenas unas páginas y dejar que sea el lector quien complete todo aquello que permanece fuera del encuadre.
Hace casi veinte años participaste en el «Virtuality Caza de letras» bajo el seudónimo Blue. ¿Cómo ha evolucionado esa «tristeza consciente» o melancolía que te definía entonces hasta llegar a la maestría técnica que se observa en esta edición de 2026?
Creo que sigo siendo la misma escritora en lo esencial. Continúo interesándome por los personajes que cargan con heridas invisibles, por las pequeñas fracturas de la vida cotidiana y por esos instantes en los que una existencia cambia para siempre. Si comparo mis primeros relatos con los de ahora, reconozco las mismas inquietudes y una sensibilidad muy parecida. Lo que ha cambiado no es tanto la mirada como las herramientas con las que intento transmitirla.
Con los años he aprendido que escribir no consiste solo en dejarse llevar por la inspiración. Hay un oficio detrás que exige paciencia, lectura, reescritura y una enorme capacidad de renuncia. Hoy soy mucho más consciente de la importancia de la estructura, del ritmo, del punto de vista o de la poda. He aprendido que, muchas veces, un relato mejora cuando reescribes, eliminas párrafos y cambias finales.
También ha cambiado mi relación con el lector final. Antes sentía la necesidad de explicarlo todo; ahora confío mucho más en su inteligencia y en su capacidad para completar los silencios. Me interesa más sugerir que demostrar, insinuar que subrayar. Creo que la literatura gana fuerza cuando deja espacio para que quien lee participe activamente en la construcción del sentido.
Se destaca en los relatos la presencia de «diálogos naturales, calcados de la vida misma, nada retóricos». ¿Cuál es tu método para lograr que la voz de personajes tan distintos, desde un abogado hasta una maestra de circo, suene auténtica y veraz?
Escuchar y leer. Creo que escribir buenos diálogos empieza mucho antes de sentarse frente al ordenador. Me gusta observar cómo habla la gente, qué palabras repite, qué silencios deja, cómo esquiva una pregunta o cómo dice una cosa cuando en realidad quiere decir otra. Muchas veces, lo más importante en un diálogo no es lo que se pronuncia, sino lo que permanece oculto.
Pero también aprendo leyendo. Disfruto en especial de aquellos autores capaces de construir voces inconfundibles, porque cada personaje habla desde su historia, su educación, su edad o sus miedos. Cuando una voz está bien construida, basta una frase para reconocer quién está hablando sin necesidad de acotaciones.
En la vida real casi nadie habla con frases impecables; nos interrumpimos, dudamos, cambiamos de idea, dejamos cosas sin decir. Intento que mis personajes conserven esa naturalidad, porque creo que la autenticidad de un diálogo no reside en que reproduzca con exactitud la conversación, sino en que suene verdadero y revele algo esencial de quien habla. Un buen diálogo no solo hace avanzar la acción: también desnuda a los personajes.
Mencionas haber contado con un grupo amplio de lectores beta y «ludoliteratos». ¿En qué medida cambió el desenlace de historias potentes como «La línea blanca» o «El final de la fiesta» tras pasar por el filtro de estas lecturas críticas previas?
Muchísimo más de lo que podría parecer. En algunos casos los lectores beta señalaron pequeños detalles que mejoraban la coherencia o el ritmo; en otros, sus observaciones me llevaron a replantearme escenas completas e incluso el desenlace de algún relato. Cuando uno convive durante meses con un texto, termina por dejar de verlo con la distancia necesaria. Los lectores beta te devuelven esa primera mirada que el autor ya ha perdido.
Nunca he entendido esas lecturas como una intromisión en mi proceso creativo. Al contrario, las considero una herramienta de enorme valor. No escribimos para nosotros mismos, sino para establecer un diálogo con los lectores, y contar con un grupo de personas que lee el texto con atención, desde sensibilidades muy distintas, me permite comprobar si el relato que yo creía haber escrito es realmente el que está llegando al otro lado.
Además, procuro que ese grupo sea muy diverso. Hay quienes se fijan en la estructura, otros en la construcción de los personajes, otros en la verosimilitud o en el ritmo de la narración. Cada lectura ilumina un aspecto diferente del texto y me obliga a hacerme preguntas que quizá no me habría planteado sola.
En concreto, ambos relatos mencionados en tu pregunta conservan su desenlace original, pero sí que hubo cambios en el planteamiento del segundo, por ejemplo, que era un poco forzado. Abandono y Todo bajo control fueron dos relatos que cambiaron su final, por ejemplo, y creo que para mejor, gracias a todas las observaciones que me hicieron.
¿Cómo ha sido tu experiencia con Ediciones Pangea como editorial encargada de trabajar con tu obra?
Ha sido una experiencia muy positiva. Publicar un libro es un camino largo, que comienza mucho antes de que el manuscrito llegue a la editorial y continúa incluso después de que el libro vea la luz. En ese recorrido es importante sentirse acompañado, poder intercambiar ideas y saber que el proyecto importa tanto al autor como a quienes lo editan. Esa implicación se percibe en el resultado final y, como autora, es algo que agradezco profundamente.
Es cierto que un libro lleva el nombre de quien lo escribe, pero detrás hay muchas personas que contribuyen, desde distintos ámbitos, a que esa historia llegue a las manos de los lectores en las mejores condiciones posibles. Creo que esa dimensión colectiva de la literatura a menudo pasa desapercibida, y mi experiencia con Ediciones Pangea ha sido un buen ejemplo de ello, que ha demostrado profesionalidad y calidad en todas las fases del proceso de edición de este libro.


